Un frio día del invierno de 2013 durante una excursión en la Sierra de Francia con unos amigos y nuestros hijos recalamos en una inhóspita ladera que tiempo atrás había sufrido un incendio. Las raíces retorcidas del brezo llamaron mi atención.
Simplemente las fotografié.
Una fría mañana, exactamente tres años después, en un paseo matinal por un barrio de la periferia de mi ciudad observé el contumaz musgo sobreviviendo entre las grietas de un asfalto poco transitado.
Simplemente lo fotografié.
Revisando mis archivos en mayo de 2019 llamaron mi atención los dos grupos de imágenes que mostraban un contenido absolutamente opuesto, pero sin embargo vinculado por la acción humana.
En la primera serie detalles del territorio seguramente arrasado por la mano del hombre, en la serie que realicé tres años después los primeros indicios de una naturaleza dispuesta a arraigar en el inhóspito asfalto.
Unir y mostrar estas imágenes era necesario.











